miércoles, 12 de junio de 2013

Tres personajes de Puerto Berrío Antioquia

Por: Jhon Correa Serna.
El día estaba despejado, caminaba por en el sector El Puerto, llevaba veinticuatro horas aproximadamente en el municipio de Puerto Berrío y mi cuerpo aún no se acostumbraba al calor, mis manos continuaban pegajosas a pesar de haberme bañado hacia varias horas. Buscaba historias de vida y al mirar al puerto lo vi, estaba sentado al borde de una canoa, se encontraba almorzando, a pesar de esa condición me acerqué acompañado de una compañera de clases y le pedimos una entrevista a profundidad, con seriedad aceptó, al lado se encontraba un bote, lo abordaba un señor moreno de estatura baja, mi compañera se acercó a él para pedirle la entrevista pero el señor a mi parecer con una actitud repelente y serio se negó y admitió no tener tiempo disponible, por la situación decidimos hacerle la crónica al mismo personaje. Mi compañera sacó la cámara digital y empezó a grabar, yo documentaba en audio en mi celular, el señor continuaba almorzando y parecía no molestarle nuestra presencia, nos sentamos al borde de la lancha en frente de él, el suelo estaba inundado, tenía alrededor de un baldado de agua sucia y por respeto al señor no dijimos nada del estado de la misma. Iniciamos la entrevista, a los minutos consideré que era una buena persona, humilde y paciente, su nombre era Jesús Alberto, sus rasgos; piel morena bronceada por el sol, su rostro estaba marcado por las líneas de la vejez, portaba una gorra azul con el escudo del equipo “rolo” de fútbol “Millonarios”, un pantalón beige doblado hasta las rodillas y una camiseta blanca con azul que forraba su barriga.
Hombre de cincuenta y seis años de edad, comprometido con su trabajo diario en el puerto, maneja un bote, propiedad de unos ganaderos que mensualmente de cancelaban $350.000, sin embargo cuando no lo manejaba se rebusca en una canoa transportando pasajeros por el río.
Contó que le gustaba la época del ferrocarril, debido a que tenía más trabajo, además dijo que se cosechaba mucho el maíz, ajonjolí, cacao y plátano entre otros productos, con tristeza decía que habían unas lanchas grandes y al mirar a su alrededor decía con nostalgia “resulta que ya todo se acabo aquí, no hay nada que hacer ”.
Apenado por el agua dentro de la chalupa, dejó de almorzar, se tiró al agua y empezó a trapear la lancha, a pesar de estar detenido el bote me asusté, porque al secarlo se movía mucho y me daba la sensación de que se iba volcar, el señor riéndose nos decía “tranquilos que ahí no les pasa nada”.
En el transcurso de la conversación dijo que había estudiado en Berrío pero que solo había cursado hasta segundo de primaria. Con melancolía contaba anécdotas de su familia, sus hermanos y madre, uno de ellos murió y con tristeza decía que su hermano era propietario de seis lanchas pero que la viuda las había vendido; profundizando en su círculo familiar contó que su mamá aún está viva y es residente de Puerto Berrío, más exactamente en el barrio Tulipanes, su casa tiene todo los servicios públicos tradicionales. Con orgullo afirmó que tenía una hija de dieciocho años estudiando en la Dorada Caldas, en la Universidad la Dorada, ingeniería de petróleos, finalizó su relato familiar diciendo que su compañera y los hijos de ella le colaboran a su hija con los gastos universitarios.
Decía con serenidad que en su trayectoria como chalupero solo se ha hundido dos veces, en las cuales siempre estuvo acompañado por pasajeros y favorablemente a parte del susto no les sucedió nada.
Agradecidos con don Jesús le pedimos que nos corriera la lancha hasta la orilla para poder bajarnos, le dimos las gracias y le deseamos suerte en su labor cotidiana.
Satisfecho por la adquisición de la información del chalupero me relajé un rato y disfruté del puerto y de la adrenalina al montar en lancha, minutos después me disponía a visitar de nuevo el parque con una amiga pero un compañero nos invitó a conocer las herramientas que utilizaban los pescadores para realizar su oficio, animados por la invitación nos encaminamos hacia el sector de los pescadores, allí realice varias entrevistas, la primera fue la del pescador el señor Luis Iván Marulanda, lo vimos parado al lado de un balcón y de una red de pesca, me acerqué y lo saludé y seguidamente le solicité una entrevista, con una sonrisa aceptó y al instante iniciamos la conversación.
Bajo, delgado, piel morena, cabello oscuro y un pequeño bigote son algunos de los rasgos del señor Marulanda, nacido y criado en Puerto Berrío, con buena disposición nos manifestó atracción por la pesca desde su adolescencia, en sus primeros años fue influido por los señores Rico y Santos -dos pescadores de la región-, con serenidad dijo que aún continúan con vida y admitió que residían en Puerto Olalla.
Le gusta la pesca porque gana buen dinero, narró que ha tenido días de ganarse entre $300.000 y $450.000, con alegría decía que en la subienda se cogía en un solo lance 20 arrobas de bagre y esto en efectivo representa entre seis y siete millones de pesos.
Su familia está compuesta por su madre y sobrinas, estas últimas se desempeñan como docentes en Puerto Nare, entre risas afirmaba que sentimentalmente estaba solo y que seguiría así.
Contó con hipocondría que una vez faltando cinco para las tres de la mañana estando debajo del puente mientras pescaban a un compañero de dio un infarto que le causó la muerte, mientras nos narraba el suceso miraba el suelo repetidas veces, provocando en mi un ahogo y sentimiento de melancolía.
Nos enseñó la herramientas que utilizaba para la pesca, en ellas se encontraba una red, un palo – barrilla con la que “plumea” para limpiar el “lance” (sector de pesca).
Contentos por la buena actitud de don Iván Marulanda, le agradecimos su tiempo y disposición al contarnos parte de su vida personal.
Al terminar la conversación con don Iván ya nos estaba esperando un arenero, que quería contarnos parte de su vida y labor en Puerto Berrío.
Alto. Fuerte. Moreno. Joven. Musculoso. Energético y trabajador son algunos de los significantes de Ever Andrés Aguirre, nacido en Puerto Berrío, al calor de su tío Luis Eduardo se fue metiendo en el mundo de los areneros. Empapado en sudor y con la voz entrecortada por el agotamiento físico de su trabajo seguía narrándonos las razones por las cuales le gustaba vivir en Berrío y trabajar como arenero, no como electricista y soldador que eran labores en las que se había desempeñado en el trascurso de su vida.
A pesar de haber laborado en otros municipios ha preferido Puerto Berrío porque allí se encuentra su familia, manifestó un gran apego por su hogar, sin importar la cantidad de dinero que gane en otro sitio opta por estar con los suyos.
Complacido por la contribución de Ever me despedí dándole un apretón de manos y le deseé suerte en su vida.
Al terminar el encuentro con los personajes del sector El Puerto caminé con mi compañera hasta el parque Olaya Herrera.


En mi estadía en Puerto Berrío tuve la sensación de que todos sus habitantes eran una buena familia, puesto que se ayudaban mutuamente y el trato era cordial unos con otros. Con la gente que pude conversar pase agradables momentos y en ningún instante noté algún tipo de desorden público.

No hay comentarios:

Publicar un comentario