miércoles, 12 de junio de 2013

Suicidio asistido o muerte digna

Por: Jhon Correa Serna

En la noche del 18 de agosto de 1985, el médico Franz Pesendorfer, le provocó la muerte asistida a su hermano de 54 años, con su consentimiento, éste padecía síndrome de inmunodeficiencia adquirida (SIDA). Acompañado de dos enfermeras, Franz le inyectó al enfermo Heptadon, un sintético con cualidades de analgésico, su dolor pareció disminuir y poco a poco dejó de respirar.

La opinión pública conoció el caso el 16 de abril de 1989, por una publicación en el periódico El País de España, y posteriormente el asesinato de 49 pacientes más, los cuales fueron inyectados sin su consentimiento, ni el de sus familiares por las mismas enfermeras. Esta noticia generó polémica, porque este fenómeno, conocido como la eutanasia solo era permitida en Austria –país donde sucedieron los hechos-, con el consentimiento de las personas enfermas. Pesendorfer, declaró que solo buscaba terminar con el sufrimiento de su hermano y por eso tomó la decisión de cumplirle su última voluntad al aplicarle dicha dosis.

Casos similares se replican en la historia de la humanidad, como el de una enfermera belga que asesinó a sus dos hijos discapacitados por sentirse incapaz de cuidarlos, también el de John Wise, que acabó con la vida de su esposa, porque tenía tres aneurismas -ensanchamiento en uno de los conductos cerebrales sanguíneos-, y por último, el de Jhon Quintero, un joven que padecía esclerosis lateral amiotrófica -que degenera los musculos-, quien fue asistido por el médico colombiano, Gustavo Quintana. Muchos se basan en la excusa de ofrecer una muerte digna a las personas con enfermedades terminales, en muchas ocasiones se deja a un lado la perseverancia de una familia y de un cuerpo médico que trata de demostrar que se puede triunfar ante cualquier tipo de enfermedad.

Según el Diccionario de la Lengua Española, la palabra eutanasia es la acción u omisión que, para evitar sufrimientos a los pacientes desahuciados, acelera su muerte con su consentimiento o sin él.

En la sociedad posmoderna continúa causando conmoción la práctica de la eutanasia en los pacientes terminales. Quienes apoyan este procedimiento aseveran que surge desde sentimientos y emociones particulares como piedad, compasión, lástima, clemencia, entre otros. Además, niegan la satanización que se le quiere dar al proceso, ya que lo están considerando como odio, resentimiento y rencor. Por esto, consideran que esta actividad no puede calificarse como un delito desde los cargos de homicidio o suicidio, porque no se está acabando con la vida de una persona saludable sino con una que está en pésimas condiciones humanas.

El uso que hacen de la eutanasia algunas personas con cargos en el campo de la salud los lleva a cometer actos atroces contra la vida de los pacientes, ejemplo de esto, fue lo sucedido en el 2012 en la ciudad de Montevideo, Uruguay, con el caso “ángeles de la muerte”, -como se le conoce a los casos de un tipo de asesinato en serie, gracias a los sociólogos Gresham Sykes y David Matzalos, con su teoría de la neutralización-, en donde murieron 16 personas con enfermedades graves pero ninguna terminal, en manos de tres enfermeros, dos hombres y una mujer.

Por otro lado, quienes rechazan la eutanasia consideran que el enfermo terminal merece ser tratado como un humano con una dignidad, unos principios y unos valores que los adquirió a lo largo de su coexistir, por esto, debe respetársele y aunque tenga poco tiempo de vida debe ser tratada su enfermedad hasta el último segundo. No debe tratarse de acortarle su tiempo de vida sino buscar una buena atención médica, psicológica y evitar todo tipo de ensañamiento terapéutico.

El derecho a la vida, es un bien primario, fundamental e intrínseco para toda la humanidad, cobra cada día más importancia en el entorno social, sin embargo, retardarle la muerte a una persona terminal, incrementándole su dolor y agonía podría concebirse como un abuso y una prolongación de vida inútil, debido a que arduos tratamientos y terapias solo alargan la vida pero no curan la enfermedad, no obstante, un enfermo tiene el derecho de exigir los cuidados pertinentes para conservar su existencia, pero ¿la prolongación de la vida de un enfermo terminal colisiona con el derecho a morir dignamente?

El deseo de morir o vivir de muchos enfermos que día a día luchan contra los efectos físicos y psicológicos de las enfermedades, puede hacer que varios de estos se nieguen a aceptar la eutanasia como remedio a su dolor, ya que pueden culminar sus días al lado de los suyos con los cuidados paliativos y/o intensivos.

Los cuidados paliativos tienen como principal objetivo eliminar todo tipo de dolor físico en el paciente, esto lo obtienen con la utilización de calmantes o analgésicos, además, implican llevar a la persona a un estado de confort, pese a la situación en que se encuentre su salud. Una cualidad de suma importancia de los cuidados paliativos es el acompañamiento al enfermo con el fin de evitar altos niveles de sufrimiento moral por la aproximación de la muerte. 

Por su parte, la unidad de cuidados intensivos, UCI, consisten en prolongar la vida de la persona mediante terapias constantes y atención durante las 24 horas del día. En estas unidades trabajan profesionales calificados con el fin de brindar la debida atención a los pacientes.

Tanto los cuidados paliativos como la UCI son alternativas que buscan prolongar la vida o en su defecto sobrellevar las consecuencias de una intensa agonía en el paciente. Desde un punto de vista ético y moral, son una buena decisión, ya que son menos controversiales que la eutanasia, procuran aliviar el dolor físico y conservar  la dignidad en la persona.

La eutanasia aplicada por compasión o por el rechazo mezquino de tratar a quien ya no puede hacerlo por sí mismo, alcanza a considerarse como una falsa misericordia, ya que la verdadera compasión procuraría buscar un sentimiento de solidaridad, acompañamiento y soporte en los últimos días de los enfermos, no asesinarlos por su fuerte dolor y/o agonía con el pretexto de brindarles una muerte digna.

Después de esa noche del 18 de agosto, Franz fue chantajeado por las enfermeras que sabían del método que había utilizado para culminar la vida de su hermano, sin embargo, él las demandó ante las autoridades competentes por los crímenes a sangre fría y sin ningún reparo ético que habían ocasionado a los 49 enfermos del Hospital Krankenhaus Lainz de la capital de Austria. La investigación policial concluyó con la encarcelación de las enfermeras y la libertad de Pesendorfer.



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